Desde sus primeros días en la Casa Rosada, Macri produjo un giro rotundo en la política exterior argentina con el que buscó posicionarse como la contracara del kirchnerismo en las relaciones con los gobiernos denominados “populistas”.

La primera gran apuesta fue elevar la tensión con Venezuela en aquella cumbre del Mercosur donde protagonizó un duro cruce con la canciller bolivariana, Delcy Rodríguez. De ahí en más, Macri no desaprovechó foro internacional para despotricar contra el gobierno de Nicolás Maduro y la falta de libertad en ese país caribeño.

Eso le granjeó la simpatía del presidente Barack Obama pero llevó a diagnósticos, como el apoyo público a la candidatura de Hilary Clinton, en lugar de la correspondiente neutralidad ante un proceso electoral en otro país.

La crisis política en que estaba sumida Dilma Rousseff, cuando la alianza Cambiemos llegó a la Casa Rosada, fue vista por el gobierno argentino con una llamativa prudencia: no le perdonaban a la sucesora de Lula su apoyo explícito a Daniel Scioli.

Con el tiempo, Macri y Dilma intentaron mejorar la relación, pero ya era tarde: el “impechment” estaba en marcha y la posibilidad de una destitución asomaba como más que concreta. El mensaje de la canciller Susana Malcorra fue claro cuando el Senado de ese país suspendió a la mandataria: había que respetar el proceso institucional de Brasil. Curioso que no se aplicara el mismo principio en Venezuela.

Cuando el 31 de agosto Dilma fue finalmente destituida, Macri se mostró como uno de los más presidentes más entusiastas con la nueva etapa que, según presumía, comenzaría en Brasil, en la misma línea con lo que él mismo estaba intentando en Argentina.

“El Gobierno argentino manifiesta que respeta el proceso institucional verificado en el hermano país y reafirma su voluntad de continuar por el camino de una real y efectiva integración en el marco del absoluto respeto por los derechos humanos, las instituciones democráticas y el derecho internacional”, decía el texto que con toda pompa firmó la canciller Malcorra.

Ya como presidente, Temer restituyó la gentileza con una visita a la Argentina, la primera que hizo al exterior. En la conferencia de prensa conjunta Macri fue categórico al asegurar que en Brasil era “todo legal”, parafraseando la muletilla que los brasileños utilizan para decir que todo está bien.

Ambos presidentes volvieron a verse en febrero en Brasilia, con la imagen pública de Temer por el piso. Varios de los que lo ayudaron a correr a Dilma tenía sus propios problemas, como Eduardo Cunha de su mismo partido, el PMDB, quien desde la Cámara de Diputados “acusó” a la expresidenta y hoy carga con una condena de 15 años por corrupción.

La piedra del escándalo fue un audio donde Temer ordena que se soborne a Cunha para que no hable. La Corte Suprema de Brasil abrió una investigación. El todavía presidente se defiende y dice que no va a renunciar. No parece posible que sobreviva mucho más en el poder.

Mientras tanto, el gobierno argentino se muestra preocupado. Por un lado, el impacto económico de la profundización de la crisis brasileña tendrá efectos concretos en nuestro país (hoy cayó la bolsa y subió el dólar). Pero lo que más inquieta a Macri es verse en el espejo de un presidente que quiso mostrarse como un paladín de la lucha contra la corrupción y terminó devorado por el mismo sistema que lo alimentó.

 

 

 

 

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