En el mundo del vino hay muchas bocas para certificar una buena botella: están los enólogos, que las hacen y suscriben sus vinos con vanidad paterna; están los críticos y periodistas, que puntuamos lo que está bien, lo que no y lo que debería ser un vino según nuestro criterio; están los vinotequeros, restauranters y sommeliers, que empinan, enjuician y proponen precios y medidas; y están los consumidores que, boca a boca, recomiendan una botella como un secreto a voces.

Todas esas bocas embuchan y luego sentencian la virtud de tal o cuál botella. Y así se construye un prestigio, una reputación, que termina convalidando el gusto y la venta en, por ejemplo, en Columbus, Ohio, o acá nomás, en Junín provincia de Buenos Aires.

Tan complejo y fascinante es el negocio del vino, tan difícil de juzgar qué está bien y qué no, que entre todos esos actores se juega una compleja construcción de valor.

 

 

Hay sin embargo un viejo índice en el vino que no falló nunca. Frente a la pregunta cuál es la mejor botella de un conjunto, la respuesta es una sola: la que se terminó primero. Ese viejo adagio encuentra hoy un sinónimo que se emplea en las bambalinas del vino: el índice de chupabilidad, una suerte de traducción literal de drinkability que se usa en inglés. El concepto merece una pequeña reflexión.

Mientras que el puntaje de una botella se puede construir por la suma de atributos, es decir, cuerpo, aromas o estructura, el de la chupabilidad remite a la capacidad del paladar para dar rienda suelta a un gusto. Mientras que la modernidad de estilo propone un riesgo gustativo que merece ser aplaudido, la chupabilidad hace pie justo en lo que no hace falta explicar de ninguna manera, es decir, en el hecho simple y llano de qué tan simple o difícil resulta que un vino baje por la garganta.

Por eso, en tiempos en que las dificultades, la complejidades y los barroquismos entorpecen el placer del vino, emerge este concepto tan simple como una herramienta que ganará espacio. La escucharemos cada vez más, en vinotecas como Lo de Joaquín Alberdi o en SOIL, o en bodegas como Matervini o Renacer y tantos otros bebedores avezados.

 

 

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