Una joven de bronceado perfecto baja levemente sus lentes de sol, para disfrutar cada paso del mozo de abdomen marcado, que le trae un trago colorido. En cámara lenta, sale del mar celeste intenso y se dirige a ella, "Wolverine", quien se arranca con sus garras su bermuda fuera de moda, para dejar a la vista una zunga chic. Ella sonríe, feliz de que ha decidido no gastar en su boda e irse con su esposo X-Men a la Polinesia.


Por supuesto despierta, cuando su marinovio le tira agua desde la pelopincho, al grito de "gorda, tráeme una toalla", deja a un lado un libro de autoayuda, "Cómo vivir con poco dinero"- saldo que encontró junto al libro de Moría "pelada"- Y en un movimiento doloroso, despega de la reposera sus piernas acaloradas, blanco segunda temporada, para volver a pensar: "¿Y si no hacemos la fiesta y con esa plata nos vamos a la mierda con el gordo?"
Sin temor a equivocarme, no hay novia laburante sobra la faz de la Tierra que no haya imaginado a Wolverine en pelo... retomo, que también no haya meditado pasar por alto toda la pantomima del festejo nupcial, casarse en un civil íntimo y gastar el ahorro sideral en unas vacaciones en el Congo. Este deseo se acrecienta al conocer las cifras de los presupuestos y empezar a ver a tus invitados como costoso ganado bovino. Obviamente, empezamos a sentir diferentes tipos de culpa, que en una curva descendente nos devuelven al inicio.


En el quinto lugar se haya la "culpa gastronómica": Comer afuera se vuelve casi un despropósito, un gusto que ya no podemos darnos si pensamos en el festejo. Cada bocado pasa a representar un cuarto de invitado y nos sentimos Cristo en la última cena, partiendo nuestro propio cuerpo, bajándonos la canasta de pan para llenarnos.
En el cuarto puesto encontramos la "culpa potencial": Gastos que aún no hicimos nos obsesionan, "todo lo que hubiera comprado hoy serian dos invitados y medio". El tercer nivel avanza cuando el pecado se hace carne en el pasado, "culpa no sabía": Recordás la poca plata que le depositaste de regalo a tu amiga cuando se casó, que hoy sabés no cubría ni lo que te comiste en la recepción.

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El segundo nivel lo ocupa la culpa "lista de Schindler": ¿A quién invitás y a quién no? "Pepo viene con toda la familia y me va a regalar un sahumerio, a Isidoro casi no lo conozco pero seguro se pone con un abultado sobre. Entrás en crisis, te sentís una basura por considerar invitados estratégicos y por una milésima de segundo pensar en dejar afuera a tu amigo ratón, pero de fierro.


El primer puesto se lo lleva la "culpa existencial", cuando aparecen planes como: "Hago una fiesta intima en Cancún y sólo invito a la familia. ¿Pero qué es la familia, la que tiene mi sangre, la que me crió, los amigos que me bancaron cuando lloré por ese nabo tres semanas, los que me hicieron reír cientos de noches, ese que no veo hace mucho pero que lo miro y sabe lo que pienso, mi compañera de trabajo con la que hago catarsis sobre las maldades de mi jefe, la novia de mi amigo que me hizo la segunda ayudándome con la ensalada en el asado?" Cómo decidir.
Por ello, volvemos al principio y hacemos números hasta que alcance, para compartir nuestra felicidad con la gente que queremos, y para invitar a Hugh Jackman, a la despedida de soltera.

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